Pongo el ejemplo de cuando un niño nace con algún problema de salud. Es obvio que los padres le ofrezcan una cierta sobreprotección, pero ésta debe desaparecer inmediatamente cuando el médico da el alta al niño, ya que de lo contrario estaremos contribuyendo involuntariamente a que en un futuro ese niño pueda ser tímido, y no valore el esfuerzo que cuesta conseguir lo que uno desea.
Pero fuera de esta puntualización, todos los niños deberían realizar algún deporte durante su crecimiento. Un deporte que les ayude a crecer sanos, desarrollar unas capacidades físicas y motoras importantes para su crecimiento, y aprender valores como el compañerismo, la superación y la perseverancia para conseguir sus objetivos.
El niño debe aprender el valor del esfuerzo, a que existe perdida de beneficios cuando no cumple sus responsabilidades, así como el respeto total a sus padres y educadores cuando tengan que tomar una decisión justa , esto se traduce en la edad adulta en que la vida , el éxito y la salud, solo se obtienen esforzándose personalmente en alcanzarlas, el desconocer reglas así como el infringirlas repercutirá en una sanción social que puede hacerlos terminar en la cárcel y perder la libertad, el aprendizaje del respeto se verá reflejado en asumir la existencia de leyes y autoridades así como jerarquías existentes para el buen y correcto funcionamiento de la vida .
En este sentido, el Karate-Do, siempre y cuando el modelo de aprendizaje sea el tradicional, el que respeta la ética y los valores, y no alguna derivación que sólo busca sacar el dinero a cambio de la promesa de conseguir rápido pasar de cinturón, olvidando por completo el fondo de las Artes Marciales.
Si se enseña correctamente, el karate funciona como un educador social, puesto que va más allá de un simple deporte. Muestra a los niños una serie de reglas de conducta que contribuyen a construir en el pequeño una voluntad fuerte e inquebrantable.
Esto es algo que se ve claramente al final de cada clase, cuando se recita el Dojo Kun (normas básicas del Karate) y los niños tienen la oportunidad de ir interiorizando estas premisas:
-Formación de la personalidad
-Rectitud
-Esfuerzo y constancia
-Respeto a los demás
-Reprimir la violencia
Y por lo que respecta a la salud física, existe todo un estudio que llega a la conclusión de que todas las técnicas de karate, así como el acondicionamiento físico, ofrece un entrenamiento cardiovascular óptimo, con ejercicios aeróbicos y anaeróbicos, ejercicios de resistencia, de potencias y velocidad, trabajando tanto las fibras rojas (de contracción lenta, responsables de la actividad física de largos esfuerzos con gran continuidad) como las blancas (contracción rápida, que trabajan en esfuerzos de máxima explosividad, fuerza, velocidad y corta duración) para que se cumple el objetivo primordial del karate, obtener fuerza y potencia necesaria para terminar con un solo golpe con tu adversario. Y precisamente por la finalidad de este entrenamiento, es lo más importante la filosofía del karate, de ayudar a formar un espíritu noble, que sea consecuente con sus actos, justo y responsable.
En definitiva, ayudar a crecer al pequeño sano tanto físicamente, con un entrenamiento adaptado a su edad, con claras limitaciones a la hora de practicar el combate (todo muy medido y con máxima precaución, evitando siempre el contacto directo), como mentalmente, formando a los niños como personas de gran espíritu, capaces de discernir entre lo bueno y lo malo, y de rechazar cualquier acto de violencia o mala conducta, incluyendo aquellas que sea perjudiciales para sí mismos (como pueda ser el consumo de drogas, o las malas compañías). Todo esto es el gran valor añadido del karate en la educación de los pequeños.
Y por supuesto, el hecho de que jamás se le enseñará a fingir en competición, ni a usar artimañas ni engaños que en otros muchos deportes son llamadas (tristemente) “pillería”, “experiencia” u “oficio”. Todo esto lo digo desde mi propia experiencia (más de siete años enseñando karate a niños), y de la comparación de estos niños, de mi misma persona y mis compañeros de karate que comenzaron conmigo a los cuatro años de edad, y de otros amigos que han crecido en otros deportes dónde quizá el ansia por ganar hace olvidar el verdadero espíritu deportivo y sobre todo, humano.

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